El mayor placer que puedo sentir no está en dar nalgadas, azotes, o causar dolor y angustia; eso se lo dejo a los entusiastas del sadismo. Para mí, el verdadero placer está ligado al éxito y la liberación de mi sumisa.
La cuestión reside en lograr que ese pequeño tesoro derrumbe las barreras que desea traspasar, pero que por miedos, tabúes y vergüenzas se ha privado de cruzar. Esos abismos y temores están solo en su mente, alojados allí por una sociedad llena de hipocresías que repite: "eso es malo", "eso es sucio", "eso no se toca".
Tender los puentes para que ella sea una mejor versión de sí misma es sumamente placentero. Es un reto excitante para ambas partes: cada uno debe asumir su rol. Mi desafío es lograr que —después del sudor, las lágrimas y la excitación— ella sienta la felicidad absoluta de haber superado sus dudas y dejado atrás un tabú, comprobando por fin que la hipocresía social le había mentido.
Ver esa sonrisa y escuchar un "Gracias, Amo" dicho desde lo más profundo del alma... eso no tiene precio.